Aún recuerdo la primera vez que la vi. Todo estaba repleto de familias, especialmente señoras con aspecto bastante elegante y muy amables. Soy un chico de Michigan (Estados Unidos) que llegó a Santander hace cinco años para cursar una beca de estudios. Yo estaba junto a mis compañeros esperando conocer con qué familia nos quedaríamos durante todo un año. Allí también estaba Beni, una señora de ochenta y pico años. Se veía que era distinta. Tenía los brazos cruzados y me daba un poco de miedo. Me dio la mano como acostumbramos en mi país en lugar de los dos besos con los que se saluda en España. Pensé: “No puedo vivir con esta mujer”.

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