Pues no, no estamos tan solos. Hay más gente a la que, tras el disgusto por una derrota de su equipo, le han dicho que el fútbol no les va a dar de comer. Otros padres que se han planteado la duda, casi filosófica, de si es mejor tirarle a sus hijos balones fáciles, para que los paren y crean que son imbatibles, o meterles un gol por la escuadra para que entiendan de qué va la existencia desde la infancia. Personas que por las noches proyectan su futuro en una pantalla mental con tanta nitidez que parece mentira que a la mañana siguiente ese futuro se haya convertido en presente y vuelva a llevárselas, una vez más, por delante. Anhelos de ser futbolistas que han terminado en el sueño de convertir, con nocturnidad y ciertas dosis de placer culpable, al peor equipo de un videojuego en campeón de Europa. La experiencia de compartir vestuario con alguien que era un flipao, y que lo seguiría siendo por muchas patadas que le dieran. Que a casi todos nos ha pasado alguna vez lo que en algún momento la voz de la experiencia alertó de que, efectivamente, nos iba a pasar. Que, como decía Carlos Monsiváis, llega un momento en el que ya no sabes si no entiendes lo que está pasando o si es que ya pasó lo que estabas entendiendo.

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