Sospecho que algo no va del todo bien entre Xavi Hernández y yo, aunque a él no le importe porque, entre otras cosas, es muy probable que ni siquiera haya oído hablar de mí. Es algo que tenía asumido desde el principio: las historias de amor no siempre funcionan en dos direcciones y mi primera obligación como sintiente, además de soportar el peso de su indiferencia, consistía en reconocer cuál es mi lugar y no rebasar, jamás, esa línea que separa la admiración más delicada del acoso en sus múltiples formas. Y es desde esta especie de superioridad moral que me confiere tan buen comportamiento que hoy, desde esta tribuna, me siento con fuerzas para denunciar que este no es el Xavi que nos prometió la literatura cruyffista desde que Guardiola demostrara al mundo que ciertos talentos se pueden heredar.

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