Andrés García apenas llevaba seis días en Omán cuando recibió la primera lección de su nueva vida. Acababa de hacer la compra y caminaba por el barrio cuando un hombre le aconsejó que no volviera a salir en pantalón corto. No era una cuestión de fútbol, sino de cultura. Días antes tampoco le habían permitido entrar así en un supermercado. El técnico madrileño entendió rápidamente que su nuevo trabajo comenzaba mucho antes de pisar el césped.

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