Todos hemos vivido ese dramático momento veraniego en el que abres la puerta del coche tras dejarlo aparcado al sol y lo que te recibe es una bofetada de calor digna de un horno industrial. Entrar ahí no es es que sea incómodo, sino que se convierte en una tortura. Para demostrar la magnitud de esta trampa térmica, el RACC realizó hace cinco años un experimento definitivo: colocaron dos coches idénticos bajo el sol durante una hora en un día en el que el termómetro exterior marcaba unos inofensivos 25 grados, con la única diferencia de que uno llevaba parasol y el otro no. El resultado fue demoledor: mientras el coche protegido mantuvo su interior a unos aceptables 32 grados, el desprotegido se convirtió en una olla a presión en el que la temperatura interior escaló hasta los 43 grados, registrando nada menos que 77 grados en los plásticos del salpicadero. ¡Y eso en un día con temperaturas de 25 grados!

