Este domingo por la tarde seguiré al pie de la letra el ritual sagrado de los días de partido. Saldré de mi casa en Sant Boi (Barcelona), andaré unos pocos minutos y me plantaré, con bufanda o camiseta, en el piso de mi abuelo Ernesto. Nos sentaremos cada uno a nuestro lado del sofá, el mismo de siempre. A pocos segundos del comienzo de ElClásico, nos daremos dos besos. Nuestro pequeño ceremonial de la suerte. Y si durante la contienda hay algún momento de tensión, nos agarraremos de la mano, como siempre hacemos en los momentos duros para darnos fuerza. El fútbol, y más en concreto el madridismo, nos ha permitido forjar una relación tan próxima y tan bonita que no cambiaría por nada. Para mí no hay nada más grande que el amor de mi abuelo.

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