Hay quien niega el calentamiento global, y hay quien como en el cuento de la zorra y las uvas, dice que es positivo. Es poco probable que en Wimbledon se piense del mismo modo. Cuando en los año 90 se decía que el verano inglés empezaba el 30 de junio y acababa el 1 de julio y no eran raras temperaturas de menos de 10 grados durante la quincena del torneo –lluvia aparte-, las asistencias médicas solían atender desmayos de espectadores los días que la temperatura superaba los 25 grados. 

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