El calor golpea duro en París, donde la afición francesa lamenta la baja de última hora del joven Arthur Fils (21), su esperanza, y donde Novak Djokovic continúa librando esa paradójica batalla: él, culmen de lo físico, forcejeando constantemente con su propio cuerpo; con ese chasis pluscuamperfecto que le ha guiado hacia un espacio único —los 24 grandes compartidos con la australiana Margaret Court— y que desde hace un par de años le genera no pocos dolores de cabeza. Quién lo hubiera dicho, pero ahí está la edad. El serbio cumplía 39 años el viernes y soplaba las velas de la tarta feliz, pero también con resignación; hasta lo suyo, lo más extraordinario, tiene fin. Asoma en ese rostro ya alguna que otra arruguilla y el reloj biológico se cobra cuentas con todos, más allá de dimensiones, nombres o trofeos. Sin excepción.

