Ni siquiera vestido con el mallot de líder de la Liga consiguió el Barcelona evitar el castigo de Europa. Tanto da la indumentaria como el rival, el escenario, el año o la nómina de futbolistas presentes en cada salida azulgrana de la Champions. Las derrotas se suceden sin parar porque el Barça a veces no puede, en ocasiones no sabe y a menudo se vence por la superioridad del contrario o por la impotencia propia como pasó San Siro. La frustración fue mayúscula porque los barcelonistas se sintieron maltratados además por el árbitro —anuló un gol a Pedri después de consultar al Var y se hizo el longuis ante un penalti de Dumfries— y porque el Inter no es precisamente el líder de Italia. Los neroazzurri, en cualquier caso, tuvieron menos miedo y más recursos que el Barça.

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