El fútbol debía una a la Real desde que en 2021 se proclamara campeona de la Copa de 2020. Debía una a una generación, la mía, que no fue testigo de la gesta de los Arconada, López Ufarte, Satrustegi, Zamora y demás en 1987. Una generación a la que la pandemia impidió ir a Sevilla en 2020 y que se tuvo que conformar con celebrar en la intimidad de su casa la consecución de la tercera Copa de la historia de la Real en medio de un toque de queda que instauró el silencio sepulcral en nuestras calles, sólo roto por un gran estallido de alegría aquel 3 de abril de 2021, cuando Mikel Oyarzabal marcó en el minuto 63 el penalti que volvería a hacer campeona a la Real.

