Las luces se apagaban, se formaba la cola en el guardarropa y caminabas con los pies pegajosos hacia la salida con la música todavía clavada en esa parte del cerebro que no suelta la presa si sabe que, a cambio, recibirá algo más de serotonina. Nos sucedió durante años. Y luego enfilábamos la avenida del Paralelo o la del Carrilet, donde estaba aquella discoteca de franceses. A veces comíamos algo y buscábamos un lugar donde seguir la fiesta como si el sol, el cansancio o las tres llamadas perdidas de tus padres no fueran suficiente para entender que había llegado el final. Algunas veces, aguantábamos hasta el partido de la tarde. Y cuando alguien tenía entradas, cruzábamos Barcelona para verlo en el campo con unas ojeras que llegaban hasta el vestuario. A esa hora ya no valía la pena acostarse sin conocer el resultado. Porque digámoslo claro, algunos tenemos serias dificultades para decir basta. Aunque determinados meses se empeñen en obligarnos.

