Por mucho que se repita, siempre tiene algo de pequeño milagro. Y, si no, que se lo digan a todos esos hinchas que abandonan los estadios antes de que finalice el partido. Un rápido cálculo mental dictamina la diferencia entre las posibilidades de un giro inesperado de los acontecimientos y las -aparentemente numerosas- ventajas de abandonar el recinto un poco antes y evitarse las aglomeraciones y el tráfico. O a todos aquellos que siguen el encuentro desde una prudencial distancia emocional y, con un pensamiento basado en la experiencia inmediata y en la lógica, dan por hecho que lo que no ha sucedido en, por ejemplo, 90 minutos, no lo hará en el tiempo de añadido que le queda al partido.

