Pogacar mira hacia atrás e inclina la cabeza lateralmente para indicarle a Majka que acelere, con un ritmo solo asequible para el dios del ciclismo. Simultáneamente, los aficionados notamos sentimientos encontrados. Da igual la distancia a meta, sabemos que va a atacar. ¿A quién no le emociona un ataque? La acción que da sentido al relato, a las horas contemplando un pelotón aparentemente aletargado. Pero también sabemos que la acción explosiva del esloveno es el fin; ya sea la etapa, la clásica, el Mundial, o el Tour… la perfección gusta, pero asesina el encanto. Solo lo inesperado, una caída arriesgando en una curva adoquinada en Roubaix, un error de cálculo en la Cipressa, devuelven la emoción, el espectáculo.

