Quien haya decidido ver en directo a Carlos Alcaraz esta semana, en el Open de EEUU, ha renunciado a 13 horas y 28 minutos de sueño en sus tres partidos a 5 sets. No es mi caso: soy un animal diurno, caigo a medianoche como un tronco, pero mi sueño es preindustrial y me despierto en duermevela después de 4 o 5 horas de sueño profundo. Después de un rato de ensoñación, caigo otras dos horas. Hasta que, esta semana, decidí abrir la tableta para ver cómo iba Alcaraz. Han sido tres chutes de cafeína a las 4 de la mañana. Ni duermevela, ni ensoñación, ni nada. Además, la bola no se ve bien en la tableta y he acabado en el salón frente al televisor lamentando los errores, gimiendo en silencio, y celebrando los aciertos con gritos sordos. El tenis exige posicionamiento y empatía. Y había que empujar, porque este joven de 19 años se enfrentaba a 25.000 estadounidenses locos por Tiafoe.

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