Una causa justa puede desencadenar a veces una tormenta de proporciones no imaginadas. Incluso terminar haciendo compañeros de cama insospechados. En 1990, un centrocampista de medio pelo llamado Jean-Marc Bosman terminaba su contrato con el RFC Liège. El club belga no le renovó y él se buscó la vida para fichar por el Dunkerke francés. El problema es que en aquella época la ley permitía pedir un traspaso por un jugador, aunque hubiese expirado su vínculo. Como si fueran los electrodomésticos, la plancha grasienta y los taburetes de un bar que baja la persiana. Pero Bosman no era Zidane. Y el Dunkerke prefirió no desembolsar ni un franco, dejando al belga en un cruel limbo laboral.

