Desde la grada o, más claro aún, en la pantalla de la tele que transforma a los barcos en figuritas de videojuego, la maniobra que deja a los neozelandeses a la sombra parece hija de la intuición, la ciencia de la navegación, el genio y el tacto de los seis tripulantes del F50 español, el táctico, el trimmer o la estratega, pero, invisible, en un muro bajo las gradas, esquizofrénico, un ojo en el mar, otro en las pantallas de los ordenadores, los oídos reventando con la voz del analista de datos a su lado, y en la boca un micrófono conectado con los tripulantes, Simone Salvà ha tomado la decisión victoriosa. Luego, en la zona mixta, Diego Botín, el conductor del barco, o Nicole van der Velden, la táctica, explican la maniobra que en las orillas de Governor Island, a tiro de ferry de Manhattan, permite al barco español largarse por la calle de más viento y ganar el GP de Nueva York.

