Madrid se viste de ciclismo para clausurar una edición histórica y convulsa de LaVuelta. Lo habitual en la jornada final es la fiesta: paseo triunfal para el campeón, sonrisas y champán en el pelotón, la velocidad desatada de los sprinters buscando su última bala en el circuito de la Castellana. Pero esta vez nada es igual. La tensión política y social, presente desde que la carrera volvió a suelo español, planea también sobre el epílogo de 106 kilómetros entre Alalpardo y la capital. La jornada se recortó 5 km por seguridad.

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