Hace justo un año, Marc Márquez intuía que tenía frente a sí la oportunidad definitiva para espantar los fantasmas de su grave lesión en el húmero y la sobrevenida crisis deportiva. Llevaba casi tres años sin ganar, todavía dolían esas cuatro operaciones en el brazo derecho, y por el camino había renunciado a su familia en los circuitos y al mejor contrato de la parrilla con Honda. Todo ello para subirse a la Ducati satélite del equipo Gresini sin apenas cobrar un duro y un solo objetivo: encontrarse a sí mismo y demostrarse que todavía podía ser el más rápido en la pista. En el GP de Aragón de 2024, uno de sus feudos predilectos, rompió con contundencia la peor racha de su vida. “La venía persiguiendo, y se me ha hecho muy largo”, reconoció ese día, la emoción por las nubes.

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