Y despertó la Bestia. Después de una semana haciéndose el remolón, más calculador que protagonista, más perezoso que agitador —por más que ganara una etapa al sprint—, Jonas Vingegaard, el gran favorito, atacó por primera vez en la Vuelta. Fue un garrotazo inesperado porque lo hizo a las faldas del último puerto, un órdago de 12 kilómetros para explicar que no es un ciclista aburrido, que él es quien tiene siempre la última palabra, que por algo es la ley en esta ronda. Y con una ascensión de las que quitan el hipo, escalada al galope a lo Killian Jornet, subida que nadie pudo aguantar bajo un aguacero y en solitario, el danés venció la etapa y por poco no recuperó el maillot rojo. Tanto le da. Habrá más subidas y más Vingegaard.

