Todo está mal, hay que empezar de nuevo, dice el arquitecto a sus albañiles afanados, y lo repite tantas veces a lo largo de su vida el inconformista Gino Bartali, que así titula sus memorias, y así inspira quizás a Richard Carapaz, el más bartaliano de los ciclistas, una mariposa de hierro, vuela ligera y no se quiebra, que ataca en la última ascensión al monte Baldo por la carretera austriaca y con sus pedalazos, su audacia, sus chepazos a la Pantani, manos bajas, espalda paralela a la barra, glúteos en el aire, su energía, construye en nada, ladrillo sobre ladrillo, un nuevo Giro. Primoz Roglic y Juan Ayuso, los dos más citados en Albania, ya no están cerca, Roglic en su casa, Ayuso a cuarto de hora; y el chamaco mexicano que ha enamorado al mundo sufre, resopla y levanta el pie. No le mueve un bolero de soledad deseada en la cima profundo con la voz ligera de Natalia Lafourcade, sino un mariachi de boda barata, chirriante y desafinado. Isaac del Toro mantiene la maglia rosa a duras penas: 26s de ventaja sobre el Simon Yates que siempre está ahí y 31s sobre Carapaz, favorito máximo de los apostantes.

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