Declan Rice, instalado en ese momento de la vida que todos soñamos de niños y apenas pueden disfrutar unos pocos elegidos en el mismo partido, en la mejor competición y ante el vigente campeón, soltó dos misiles a la escuadra tan demoledores, tan impresionantes, que batió a Courtois después de una de las actuaciones más locas, y ya es difícil, del portero belga con el Madrid. Dos faltas directas, dos golazos imposibles. Vendido una y otra vez por los agujeros defensivos del equipo blanco, un equipo que aspira a ganar títulos sin una defensa titular, sin un mediocampo titular, y con una delantera para la que defender es como ir al extranjero (y siempre salen al campo sin pasaporte), Courtois prolongó el milagro hasta donde pudo. Tampoco a Jesús se le pidió que cruzase el Atlántico andando: un paseíto por la orilla bastó para que les cayese la venda a los escépticos. A Rice no se le cayó ninguna venda: decidió que Courtois era mortal y se empeñó en demostrarlo. En el primer gol le pegó tal efecto al balón que está Javi Poves dudando a estas horas de todo: si una pelota puede pegar esa curva, qué no va a hacer la pelota Tierra.

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