Al jugador lituano de balonmano Aidenas Malasinskas, ahora cedido en el Ademar León, la invasión rusa en Ucrania le estalló literalmente en las narices. El avión de su equipo, el Motor Zaporiyia, tomaba tierra en Kiev de regreso de un partido de Champions justo la noche de febrero que Vladímir Putin ordenaba el ataque militar. Toda la expedición se dio prisa por regresar lo antes posible a su ciudad en autobús (500 kilómetros), pero a la mañana siguiente, ante la amenaza de los primeros bombardeos, este central de 36 años no dudó en salir rápidamente de allí en coche junto a dos compañeros de vestuario, el español Carlos Molina y el bielorruso Bokhan Viachaslau. Cuatro días de trayecto y un frío terrible para recorrer los 1.000 kilómetros que les separaban de la frontera polaca turnándose entre los tres para dormir. “Solo pasé un momento de miedo, cuando escuchamos disparos. Pero Bokhan me dijo que me tranquilizara, que eran de defensa, no de ataque”, recuerda ahora en calma desde León. Un viaje que, según el testimonio que luego ofreció Molina, dejó más peripecias que aquel episodio puntual.

