Uno de los mejores recuerdos de mi infancia es ir al Estadio Benito Villamarín junto a mi primo Rafael. Cuando era pequeño, le detectaron distrofia muscular, una enfermedad degenerativa que le obligó a vivir sobre una silla de ruedas. Fue un golpe muy duro para mi familia, pero a él no le quitó las ganas de ver a su Real Betis. Contagiado por su pasión, y como teníamos más o menos la misma edad, me encargué de llevarle en su silla. Aquellos domingos de los 90 nos unieron para siempre, disfrutando de jugadores como Olías, Cañas, Merino o Alexis, gritando los goles de Pepe Mel y de Alfonso, y jaleando las celebraciones de Finidi. En los últimos 30 años, no hubo partido en casa que Rafa y yo nos perdiésemos.

