Ustedes no lo saben, nadie lo sabe en realidad, pero hubo un tiempo en el que Ronan Pensec, aquel ciclista del equipo Z Peugeot de los años ochenta y primeros noventa, fue el mejor jugador de fútbol del mundo. Era un 10 clásico. Vertical hacia la portería contraria, solía bajar a recibir cuando los partidos se atascaban en el centro del campo, haciendo de enlace con los delanteros. El menudo velocista francés defendió la camiseta de La Casera, con la que ostentó todos los récords de goles y asistencias en un deporte que no era el suyo en realidad. Nadie pudo hacerle sombra en el verde. Si acaso, el portero rival, la gran estrella del equipo Cinzano, el belga Vanderaerden, pero siempre pensé que su fama era debida a que se enfrentaba al mejor jugador de todos los tiempos, que aquel guardameta fue grande solo en la medida del rival al que debía anular. Aunque Javier, mi hermano pequeño, no estaba de acuerdo. Para él, Vanderaerden tenía valor por sí mismo, era un portero mayúsculo.

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