Janice cenó ayer con el casco puesto, la cara cubierta de barro y una tiritona que a los postres parecía incontrolable. Su jornada sobre su bici de montaña, en la tercera etapa de la Transpyr, duró casi once horas y media y antes que ducharse necesitaba cenar en el lugar designado por la organización. Alguien se ofreció a limpiar su máquina, una pieza de barro, y un voluntario la llevó en coche a su hotel. Serían las 21.00 cuando al fin pudo ducharse. Todo el elenco de trabajadores de la Transpyr la miman y su historia personal está en boca de todos. Ella sonríe mucho y habla poco. Lo mejor de viajar en bici eléctrica es que puedes salir en la cola del pelotón, charlar a diestro y siniestro y acabar bien pronto, pero también puedes entrevistar brevemente a alguien como Janice cuando el terreno lo permite.

