Calor de Tour, mínima humedad y una cuesta inicial, poco más de dos kilómetros al 5%, que Jonas Vingegaard engulle a grandes bocados. Atómico. El danés vuela como voló en febrero en Santiago en la contrarreloj de O Gran Camiño, donde hasta a los drones les costaba alcanzar su velocidad. A su lado, los mejores rodadores del momento, el francés Rémi Cavagna, el TGV de Clermont Ferrand, el danés Mikkel Berg, campeón del mundo amateur y amigo de Pogacar, parecen lentos; a su lado, los mejores españoles, las esperanzas habituales del Tour, Mas, Landa, y el joven que llega, Carlos Rodríguez, parecen cadetes. A 55 kilómetros por hora recorre Vingegaard los 10 primeros kilómetros, el primer tercio del rodeo que llevaba de Cours a Belmont, entre el Loira y el Ródano, su posición en la cabra millones de veces perfeccionada mediante el uso virtual del túnel del viento (maravillas de la supercomputación), el aerodinamismo del manillar, de la potencia, de la tija, del cuadro, de las llantas, estudiada al milímetro. En 10 kilómetros, los españoles le ceden ya entre 45s y un minuto.

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