Salvo error u omisión, el primer jugador de piel oscura en nuestro fútbol debió de ser Francisco Betancourt, un barcelonés hijo de padre cubano y madre catalana, al que conocí cuando, ya muy mayor, era asiduo al local de la asociación de veteranos del Barça, que entonces presidía Kubala. Nacido en Barcelona en 1913, era un extremo derecho habilidoso que despuntó en el Badalona, pasó al Sabadell y llegó al Barça ya con 28 años. Jugó allí un par de temporadas, la 42-43 y 43-44, ni del todo titular ni del todo suplente, dejando el apreciable saldo de 24 partidos y 11 goles. Le recuerdo como un anciano bondadoso, que hablaba con cariño del fútbol de aquellos años. No me dijo que sufriera nunca acoso de ningún tipo.

