Se puede y se debe empatizar con el miedo que cualquier aficionado decente suele sentir en presencia de un ultra, da igual del equipo que sea. Y quien dice un ultra, dice una docena. O un centenar, pues el ultra suele ir acompañado de otros ultras, siempre en manada, que es su manera de entender la militancia dentro del fútbol y por lo tanto también en la vida, dentro del mundo. “No es saber que tienes a tus amigos detrás, sino saber que tú estás detrás de tus amigos”, dice Elijah Wood en aquella película tan mala (spoiler: los ultras no tienen amigos). Acosan, insultan, agreden, abusan… Y el hincha normal aguanta, como debe de ser. Porque esa no es su lucha y porque de valientes están los cementerios llenos. También porque nadie con dos dedos de frente acude a un campo de fútbol para hacerse el héroe o comenzar una revolución, tan solo para ver perder o empatar a su equipo. A veces incluso para verlo ganar.

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