No recuerdo dónde lo vi, pero no en mi casa ya que, todavía, la televisión no había llegado a la sala. Seguramente sería en algún NO-DO o similar, pero aquel salto de Bob Beamon en los JJOO de México 68 me pareció un vuelo infinito, mágico, inalcanzable. Y no sé yo qué elementos tendría para esa consideración ya que mi conocimiento del atletismo internacional era el de un niño de 7 años de aquel tiempo, o sea, nada de nada. Pero mi mente decidió que aquel récord era imposible de batir y que aquella distancia era un foso demasiado grande para otro cualquier ser humano. A todo esto, el fútbol me fue llevando de categoría en categoría hasta jugar en aquello que entonces llamábamos porterías reglamentarias que eran una inmensidad de 7,32 metros, lo que convertía y confirmaba que los 8,90 de Beamon eran una magnitud inabarcable e imbatible.

