Hace unos años, en una redacción de clase, un niño de ocho años, Matteo, describió una flor como “petalosa”, es decir, llena de pétalos. La palabra no existe, el diccionario no la contempla y en la calle nadie dice “petaloso”, pero la profesora del niño, Margherita Aurora, no la tachó, ni la corrigió, ni reconvino al niño. La palabra, razonó, estaba bien formada, tenía gramaticalmente razón de ser (pétalo + oso, “lleno de”) y, además, era bien bonita; su alumno no sólo no se había equivocado, sino que había inventado una palabra. Así que el niño, con la ayuda de la mujer, escribió a la Accademia dell Crusca, la institución que vigila la lengua italiana instalada en Florencia, para reclamar su opinión: ¿no podría existir esa palabra? Respondió una filóloga, Maria Cristina Torchia. “Es una palabra hermosa y clara. Está bien formada y podría ser utilizada en el idioma italiano”, dijo antes de añadir que, para que eso ocurriese, mucha gente debería usarla y comprender su significado. La profesora de Matteo colgó la carta en Facebook, dando a conocer la historia, y las redes hicieron el resto. #petaloso fue trending topic mundial. Todo de repente era susceptible de ser “petaloso”. Por ejemplo, como recuerda Toni Padilla en su hermoso Único grande amore (Panenka, 2023), el juego de Roberto Baggio, ¿no era un juego petaloso?

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