En las mañanas abrasadoras de los primeros días del Mundial de Qatar, Álvaro Morata se acercaba de vez en cuando a los utileros de la selección española preocupado. Le intranquilizaba verlos trabajar bajo aquel calor desértico de mediados de noviembre, acarreando balones, conos, petos y neveras con bebidas por la hierba de las instalaciones de la Universidad. Se interesaba por qué les suponía trabajar en aquellas condiciones, qué diferencias había con otros campeonatos. También fue uno de los que propuso que las primas que iban a recibir de la federación por los resultados en el campeonato no se pagaran solo a los futbolistas, sino que se repartieran entre todos los empleados que contribuían al equipo, como los que se ocupaban de que hubiera refrescos en la banda del campo de entrenamiento.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *