Los tres fantásticos cabalgan y como en las películas del Oeste en los cines de cuando niño los espectadores gritan estrepitosos y felices. Que se preparen los malos. Allá van los tres. Los tres mejores, aquellos por los que palpitan los corazones, hermosos como tres soles. Son Tadej Pogacar, Wout van Aert, Mathieu van der Poel. Pedalada de seda, ligera, aérea, sobre montes y pedruscos, contra el viento que sopla en ráfagas salvajes de 60 por hora y bailan sus bicicletas. Es Flandes. Las bicis transforman un paisaje feo, ciudades que son acumulaciones de polígonos industriales, como Courtrai, como Harelbeke, donde está la meta y donde gana Van Aert el sprint a tres, y repite victoria, campos, y una autopista toda recta y horrorosa, la E3, que da nombre a la clásica más dura, el miniTour de Flandes, lo llaman. Y allí están los mejores, los campeones de ahora, que no entienden el ciclismo si no es como una obligación de demostrar en todo momento, sea sobre piedras, en montañas, al sprint, contrarreloj, en clásicas o en el Tour, que son los mejores. Y lo hacen atacando.

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