La Superliga se llama Premier. Al mercado de mitad de temporada los italianos, que definen como nadie, le llaman mercato de riparazione. Para su reparación, la Premier gastó 700 millones de euros, cifra sideral a la que no pueden llegar todas las Ligas europeas juntas. La sensación es que, bajo el nombre de Premier, el país del Brexit está comprando el sueño de la Superliga ante la perplejidad de la Europa futbolística. ¿Qué pretende la Superliga? Reunir en el menor espacio posible a la mayor cantidad y calidad de talento para provocar impacto, seducción global y, por supuesto, dinero. Como se ve, la Premier no necesita a nadie para estimular el interés de la audiencia internacional. El problema es que los clubes no producen lo que gastan y, como apunta Tebas, puede que el “dopaje” produzca una catástrofe cuando la UEFA ponga límites o los grandes capitales dejen de encapricharse con el fútbol. Sin pensar en la caída, ellos siguen subiendo.

