Creo que ya les he contado que me gusta este sistema de la Copa del Rey, a un solo partido, en campo del equipo de categoría inferior. Un sistema que saca lo mejor del fútbol, o que al menos sirve de conexión con el viejo fútbol, ya que permite soñar a todo el mundo con ganar la eliminatoria porque todos tenemos incorporado el mantra de que a un solo partido todo es posible. Seguramente es ese “todo es posible” lo que no le gusta tanto al nuevo fútbol, ese que mide la emoción y la afinidad a un club en los euros que estés dispuesto a invertir en mantener la llama viva y visible, por ejemplo en esos estadios vestidos de un solo color que obliga o a sacar alguna camiseta del armario (y que te siga quedando bien) o a acudir a la tienda, presencial o virtual, para hacerte con una versión actual y moderna; o al menos con una bufanda, aunque sea verano so pena de quedarte un tanto desplazado cuando la grada local empiece a ondear banderas, pañuelos o bufandas mientras tú solo quieres seguir la trayectoria del balón. Y, si el destino así lo desea, y la letanía infalible, por fin, funciona tras 10 fallidos intentos anteriores, ver a tu equipo marcar el gol de la victoria, el de la clasificación, el de la felicidad casi absoluta.

