Divino estafador. El regateador es un apostador. Apuesta con su marcador nada menos que la pelota. El que gana se la lleva. No es tan fácil como parece. Para empezar, hacen falta dos tipos de valentía: la física, porque hay marcadores a los que habría que cachear de armas antes de un partido; y la moral, porque en el fútbol profesional la gente aplaude si conservas el balón e insulta si lo pierdes. Además, hay que ser decidido. El que duda se amaga a sí mismo. Con esos atributos iniciales el regateador tiene que convocar a la imaginación, para hacerle creer al marcador algo distinto de lo que va a hacer; a la cintura para que, culebreando, contribuya al engaño; y a la habilidad, para que el balón obedezca a todas las ocurrencias. Finalmente, se necesita de velocidad para huir del lugar del crimen. Todas estas armas las utilizó Dembélé frente a la Real Sociedad.

