Se aprendían muchas lecciones importantes para la vida coleccionando cromos. La primera, eso que ahora los cursis llaman “la cultura del esfuerzo”, es decir, ser consciente de que lo bueno lleva su tiempo, su proceso. La segunda -que también parece de Paulo Coelho– es que a veces lo mejor es eso, el proceso. La tercera -y ya vamos por el repipi de Jerry Maguire- tenía mucho que ver con el amor: somos seres complementarios, otro tiene lo que tú necesitas. En aquellas primeras aproximaciones a la ley de la oferta y la demanda, un jugador de equipo de mitad de la tabla, incluso de los que salen en el minuto 85, cuando el partido está resuelto, podía revalorizarse exponencialmente en el patio de un colegio: no iba a ser Pichichi, pero era uno de los cromos que te faltaban y eso lo convertía en objeto de deseo. Cada sobre, igual que cada persona, era un misterio, una oportunidad.

