Hace 24 años me dieron una de las peores noticias de mi vida. Me diagnosticaron retinosis pigmentaria, una enfermedad degenerativa por la que iría perdiendo la vista progresivamente. Tenía 30 años. Recuerdo decirle al doctor que no era posible. Me encontraba bien, trabajaba en un banco y tenía una vida de lo más normal. Simplemente había momentos en los que me costaba ver. A los dos o tres años de aquella cita médica ya no pude renovar mi carnet de conducir porque la enfermedad avanzaba muy rápido. Ahora, con 54 años, estoy completamente ciego.

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