El campo base del Dhaulagiri es un desierto de rocas desnudas: los vientos huracanados han barrido la nieve y la tela de la tienda comedor parece batir palmas mientras los alpinistas David Goettler, Hervé Barmasse y su cocinero se miran con cara de circunstancias. El frío y la sensación térmica resultan insoportables. “Honestamente, nuestras posibilidades de éxito son diminutas, pero serían nulas si nos hubiésemos quedado en casa”, reconoce el alemán Goettler. Su material de montaña es una declaración de principios, el deseo de no traicionarse: importa el estilo, la ética, la forma de abordar el problema de escalar una montaña de 8.167 metros en invierno y de acuerdo a una idea que, a su juicio, es innegociable: el estilo alpino.

