Hay partidos, no muchos, que merecen dos brindis. Uno por el ganador e incluso otro por el perdedor. Con creces lo merecieron el Villarreal y el Real Madrid, actores de un partidazo colosal. Una oda al fútbol, al fútbol total, con jugadas con el frac, emotivo, expansivo, sin respiro. Un tute agónico, con la gente suda que suda como regaderas. El magnífico encuentro se lo llevó el valiente cuadro de Quique Setién. No le alcanzó al Real, tan cerca del empate como de una derrota mayor. Y en un día histórico para la entidad madridista. Por primera vez en sus 121 años y tras 4.436 partidos oficiales, el Real reclutó un equipo titular sin españoles. La globalización extrema.

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