El fin de semana pasado fui a Barcelona a visitar a mi madre. El viernes me invitaron a un cumpleaños y dejé a mi hija con ella. La celebración, como era imaginable vistos los participantes, se alargó y a la salida de una discoteca, un grupo de amigos decidió seguir en una casa. Yo no lo tenía claro. O me largaba en ese mismo instante o me iba a encontrar despierta a mi madre cuya mirada, a mis 42 años, iba a poner en duda demasiadas cosas a estas alturas de la noche. Y de la vida. Como siempre, dudé demasiado. Pero un insólito rapto de lucidez me apartó mientras los otros enfilaban el sendero del after. Cuando metí la llave en la cerradura vi la luz encendida y supe que quizá había tomado la decisión acertada, pero no en el momento adecuado. Chutar por el ángulo correcto, en suma, unos segundos tarde. Más o menos así debe funcionar la ciencia del penalti de la que renegó Luis Enrique para no preparar la tanda que eliminó a España contra Marruecos. También la de Brasil. Especialmente cuando no cuentas con el talento de determinados personajes para saber cuándo toca o no hacer algo.

