Que no sabemos nada de nosotros lo demuestra, como tantas otras cosas, el fútbol. Cuando tu selección, si la tienes, se va de la Copa del Mundo, ¿con quién vas? Un aficionado encuentra siempre razones, aunque sean las más estúpidas, para ver con emoción un encuentro de fútbol: la emoción de quien toma partido, de quien desea algo, no de que gane el mejor. Esas razones, de niño, son fantásticas. José Luis Garci, uno de los hinchas atléticos más reconocidos, contó que él creía que se había hecho de su equipo por el color de la camiseta: “En aquella época de blanco y negro, el Atleti era azul, era rojo. Los blancos —el Valencia, el Sevilla, el Madrid— estaban empastados en su tiempo”. Luego hay razones ineludibles. Entre los hijos de David Gistau, madridistas como su padre, se coló un atlético; el propio Garci, su padrino, lo hizo socio nada más nacer. Lo que quiero decir es que de niño te puedes hacer aficionado de cualquier cosa por cualquier motivo, aunque te vaya a condicionar toda la vida, e incluso -lo digo por experiencia- ganarte el odio de gente mayor, respetable, con opiniones ponderadas sobre todo, que, al saber que cuando tenías tres años te hiciste del Madrid, te odian visceralmente: esas pocas personas no sólo existen, sino que, en el minuto antes de morir, descubrirán que ellos también son madridistas, ¡y lo que se perdieron! La vida es implacable cobrando deudas.

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