Me gustaría explicarte la argentinidad en una definición por penales, Gino, pero me resulta una utopía. Cómo poner en palabras qué somos y qué nos une por el solo hecho de haber nacido en esta tierra, la tierra del fútbol. Por eso te pido que me mires, hijo. Mirame, acá, clavate en el centro de estos ojos marrones. Mirame, ya que estás de espaldas a la televisión, porque en mis ojos está Lionel Messi, así como alguna vez en mi vida estuvo Maradona, reflejado en la vista de mi papá, el nono que se fue al cielo. Yo conocí a ese diez como vos a este, en un par de pupilas que se agrandaban como crece el fútbol de Argentina cada vez que la pelota pasa por él en esta Copa del Mundo. ¿Lo viste en ese pase en cortada para el gol de Molina? ¿Lo seguiste en su tiro de penal? ¿Le conociste el gesto del enojo cuando, después de estar 2-0 arriba, quedamos 2-2 justo cuando el reloj marcaba el final de los 90 minutos? ¿Lo ves haciendo el Topo Gigio ahora? Mirame, miralo, pero esperá, esperá que subo el volumen, así lo escuchás también: sí, está peleando, hijo. Está sintiendo. Se está expresando: ese Messi que antes no hablaba ahora dice.

