Mis planes de autojustificación para ver el Mundial eran infalibles: imaginaba un 10-0 en el Argentina-Arabia Saudí, como humillación a un país retrógrado, pero ya ven cómo acabó. Ahora espero en octavos un Arabia Saudí-Irán y ahí sí que nos vamos a reír, y podríamos explicar geopolítica de Oriente Medio de forma que por fin se entienda. Un boicot que dependa de los espectadores está abocado al fracaso, pero aún más ingenuo es esperar que dependa de los futbolistas, que llegan los últimos con todo montado. Nunca esperé gran cosa de los futbolistas, no son unos valientes, como no lo somos en general ninguno de nosotros. Nos inflamos a películas de superhéroes, que siempre se desenvuelven en condiciones extraordinarias, pero lo difícil es ser héroe en la vida normal, y cuando no hay nadie mirando. Nunca te viene bien, todos tenemos familia. De ahí que proyectemos nuestras utopías en gente que nos han vendido poco menos que como gladiadores de la galaxia, con esos anuncios que hacen y esas músicas épicas que ponen a las noticias de deportes, que parece que van a tomar Troya. Luego ves cómo siete selecciones de tiarrones se acojonan a la primera de cambio por una tarjeta amarilla si llevan un brazalete y no te lo crees. Pero tío, que eres Inglaterra, a ver quién tiene narices de echarte, que tú inventaste el fútbol. Ese sí habría sido un buen Brexit, lo hubiéramos recordado toda la vida. Pero en esta vida (y ni hablamos de los equipos que ni se lo plantearon) hay un imperativo moral más poderoso que el de Kant: nadie quiere líos. Por eso queremos ejercer una valentía vicaria, a través de otros.

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