Argentina no durmió en la víspera de su debut en la Copa del Mundo y terminó arrastrando el insomnio durante toda la semana. La noche del lunes, horas antes del partido de la madrugada siguiente contra Arabia Saudí, Buenos Aires respiraba nochevieja: se prendieron las parrillas, se agotaron los dulces en las panaderías, y miles de personas decidieron pasar de largo hasta el día siguiente. La decisión de las escuelas de aplazar las clases hasta después del estreno mundialista pareció alcanzar a los 45 millones de argentinos. El martes a las nueve de la mañana, tras su peor derrota en la historia de los mundiales, el país no solo tuvo que ir a trabajar. También tuvo que enfrentarse al miedo de que la selección que más ilusión ha generado en los últimos 20 años termine en fracaso.

