Es inevitable sentir una ilusión cercana a lo infantil ante la Copa del Mundo de fútbol. Sean los cromos, tan ligados a la niñez; sean los días previos, con un aroma similar a una fecha señalada; o sean las estrellas, elevando el alma de un país necesitado de buenos momentos. No importa el tiempo que haya pasado, por muy lejos que quede la juventud, ese cosquilleo propio del torneo sigue latente en el interior.

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