Solo Piqué ha podido ser Piqué. Y eso que hay muchos Piqués, hasta una trinidad: el personal, el empresario y el futbolista. Los tres han tenido un nexo: antes muertos que sencillos. Ahí está la clave de su retirada prematura y a toda prisa. Piqué ya no salía en más fotos que en alguna en el banquillo. Un anonimato insoportable para alguien que se agigantaba charco a charco, los que pisaba minuto a minuto. No era brasileño, pero le iba la marcha como a ninguno, ya fuera con Riqui Puig o con Kevin Roldán. No había fiesta que regateara, incluso cruzaba el Bernabéu para dejar su huella con el gol terminal del 2-6. Pero llegado el final, hasta para Piqué resultó insufrible el Piqué futbolista. De hecho, ya se había marchado antes de irse. ¿Cómo interpretar si no el cante de Mestalla de hace unos días? Toda una metáfora: Busquets desanudando sus botas en el banquillo para que saltara al campo lo antes posible. Su cabeza era tan ajena al fútbol como las botas que ya no calzaba a tiempo. Ya nada remitía a ese estupendo central, magnífico cabeceador, gran articulador del juego desde la trinchera y hasta capaz de ganar una carrera al mejor Cristiano Ronaldo.

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