Hubo un tiempo en el que tres futbolistas juveniles podían ser traspasados por 40.000 pesetas y dos sacos llenos de balones. En el que el dueño de una cafetería de una ciudad capital de provincia podía ser el presidente de un club de fútbol con aspiraciones de llegar a la élite. En el que las victorias valían dos puntos y existían los conceptos de “positivos” —para acompañar los puntos que se lograban fuera de casa— y “negativos” —para hacer lo propio con los que se dejaban de ganar como local—. Un tiempo en el que una herida en la cabeza se solucionaba momentáneamente con un aparatoso vendaje y en el que muchos futbolistas tenían que compaginar el deporte con el servicio militar, que por aquel entonces era obligatorio. En aquella época, que un equipo modesto diera una sorpresa eliminando en la Copa del Rey a otro de mayor categoría era muy complicado; las eliminatorias se jugaban a doble partido. Sin embargo, hay algo que permanece inalterable desde el principio de los tiempos. Que sucedió en aquella época, sucede hoy y sucederá mañana: los singulares giros del destino.

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