En el año 394 d. C., un militar español fanático nacido en Coca, a orillas del Eresma y sus pinares espesos, el emperador romano Teodosio I, enfurecido contra el deporte, que busca la belleza corporal y la armonía del movimiento, y contra el helenismo, que significa razón y libre examen, promulgó un edicto que prohibía la celebración de los Juegos en el año 1.200 de su existencia y sumió a Olimpia en el olvido. El general Teodosio el Grande, titán del cristianismo y su expansión, seguramente se habría enfurecido más aún contemplando, ya en el siglo XXI, cómo los mejores deportistas del mundo, y quizás de la historia, aúnan no solo belleza, armonía y libertad de pensamiento, sino también un cierto punto de inconsciencia, despreocupación y alegría infantil que los lleva a amar a sus rivales como hermanos verdaderos –no como Caín amaba a Abel—antes y después de haber peleado a muerte uno contra otro.


