A Vinicius nunca le han regalado nada. Ni el cariño, ni el reconocimiento, ni siquiera la paciencia. Todo lo que hoy es lo ha tenido que pelear. Por eso le duele tanto cuando el fútbol le da la espalda. Cuando el gol desaparece, cuando la confianza se resquebraja y cuando la relación con el club que debía ser su refugio se convierte, de nuevo, en una prueba de resistencia.

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