Como cantaban los Clash, should I stay or should I go, los ciclistas, como todo el mundo, se dividen en dos grupos, los que a mitad de una etapa tienen que tomar una decisión, ataco o sigo a rueda, y los que esperan a que les digan lo que tienen que hacer, baja a por comida para tus compañeros, tira delante unos cuantos kilómetros, lo que desean arriesgarse en territorios desconocidos, los que sueñan con seguridad y calma. Nada está predeterminado, y menos que ninguno Mikel Landa, alavés de Mungia, que a los 34 años ha abandonado el mundo de la duda creativa y herética, para alojarse en la seguridad de la rutina y la próxima semana, en la Itzulia, la carrera de su tierra que tanto le quiere y más le jalea, se olvidará de mirar la carretera desbrozando el horizonte como un velero desafiando el viento, como hizo en la reciente Volta, el primero en persecución de Pogacar, y correrá mirando atrás, pendiente de las necesidades de su nuevo jefe, Remco Evenepoel, aplicándole su conocimiento, su saber ver quién se mueve, dónde se mueve, por qué se mueve, y hasta dónde puede llegar el que se mueve, como hizo en el Algarve, donde enseñó al fenómeno belga a medir el tiempo en relación con el espacio. La nueva encarnación del landismo, el movimiento que nació con el grito de guerra #FreeLanda en sus tiempos de sirviente de Chris Froome y la denuncia del tripartito del Movistar en el Tour del 19. “Eso ya quedó atrás hace mucho”, dice.

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